La motivación es, posiblemente, un síntoma de un proceso de aprendizaje exitoso. Se trata de una expresión de que el estudiantado está teniendo una conexión genuina con su experiencia educativa y los contenidos que se revisan en clase. Cuando este interés es latente, quiere decir que la persona está logrando darle un sentido propio al conocimiento que explora y justificarlo desde los parámetros teóricos-académicos, pero sobre todo desde su experiencia. De esta manera, la asignatura trasciende por mucho lo que representa una mera calificación y deja un impacto vivo que puede acompañar al alumnado a lo largo de su vida.
Es fácil reconocer el valor que tiene cultivar la motivación dentro de una asignatura y más complicado entender cómo lograrlo. Se podría decir, incluso, que es uno de los grandes retos que enfrenta la educación hoy. Si bien se trata de un dilema multifactorial, varias personas estarían de acuerdo en que la falta de atención es clave en esta conversación. El mundo de hoy presenta más estímulos que nunca. Entre las pantallas, las redes sociales y los diferentes medios y formatos a través de los cuales se presenta la información, vivimos en un sistema que requiere, por diseño, que nuestros sentidos se dispersen. Por eso, como diría el investigador y periodista Johann Hari, nos han robado la capacidad de poner atención. Esto sucede porque es difícil que pase el tiempo sin interrupciones por recibir un mensaje o llamada, por los scolls interminables o el cambio de una red social a otra, entre mucho más. El resumen es este: entre más dispersión, menor atención.
Para que la motivación surja orgánica y se sostenga en el tiempo, vale la pena repasar los tres ingredientes claves que se destilan en el libro de Hari Stolen Focus: Why You Can’t Pay Attention—and How to Think Deeply Again:
- Hay que definir una meta y dedicarle tiempo a lograrla.
- Tiene que ser una meta significativa o relevante para cada persona.
- Ayuda si se trata de una meta que se encuentra en la frontera de nuestras habilidades y capacidades. Si es muy fácil, es probable que la energía se diluya, pero si es muy difícil, también. Por eso, se recomienda que implique un reto viable.
Teniendo estas ideas como guía, es momento de compartir contigo algunos consejos que puedes implementar para ayudar a que tu estudiantado encuentre, desde su propia experiencia, lo que le motiva –para hacer, leer, imaginar, crear, reflexionar y, por supuesto, aprender–.
Recapitula
Recordar el camino andado ayuda a reubicar los conocimientos revisados en un contexto que reafirma los objetivos generales de la asignatura. De vez en cuando, vale la pena hacer una pausa y dedicar tiempo a recapitular lo que ha pasado hasta el momento. Se trata de ir generando un hilo conductor que reafirma la esencia de la clase; es mejor no dar por hecho que el estudiantado conecta con y reconoce su valor.
Vincula las clases
Para que el ejercicio de recapitulación tenga más sentido, ayuda mucho vincular lo que se ve entre clases (y no necesariamente de forma consecutiva). En diferentes momentos del curso, podemos tratar de entender cómo lo revisado en una clase enriquece o complementa a la otra. Esta es una manera de que, más allá de las tareas, ejercicios y evaluaciones, el estudiantado pueda hacer conexiones y enfrentarse a los contenidos desde la nueva perspectiva que ofrece la asociación que se está poniendo sobre la mesa. ¿Qué pasa si se replica el ejercicio de la clase uno, pero con el escenario que se está abordando en la clase número 7, por ejemplo? ¿Qué más podemos decir sobre la temática que discutimos la semana pasada, ahora que vemos que también existe esta otra problemática?
Da contexto
Dar contexto histórico, político, social, cultural, económico o artístico de lo que se revisa en clase puede ser una fortaleza narrativa en varios frentes. Por un lado, ayuda al estudiantado a dimensionar y a ubicar en un tiempo y en un espacio lo que se está explorando. Por el otro, este tipo de información puede ser entretenida, porque cuenta una historia para revelar sentidos; es un ejercicio que puede hacer significativo al conocimiento.
Veamos un ejemplo sencillo. ¿Qué tal si, antes de revisar el teorema de Pitágoras, platicamos algo de la vida de este personaje y tratamos de traer a la luz las inquietudes y curiosidades que llevaron a este personaje a hacer lo que hizo? Si el estudiantado logra conectar con el personaje, será más sencillo que le entusiasme entender la parte abstracta que implica —cuando quizá, en un inicio, le hubiera resultado más aburrido—. Dependiendo del perfil de los estudiantes y de la asignatura, es como se debe definir el tipo de narrativas e historias que vale la pena compartir en clase.
Procura espacios de debate e intercambio
Ya sea después de una recapitulación o bien a raíz de una pregunta que se desprende de vincular una clase con la otra, vale la pena abrir espacios de intercambio y debate. Esto es fundamental para que la justificación de la clase no surja desde la docencia, sino desde el estudiantado. De esta manera, la clase se vuelve realmente suya. Es un momento donde los estudiantes pueden poner en sus propias palabras lo que están experimentando en relación con lo que aprenden.
Fomenta el aprendizaje activo
Es común que tus estudiantes estén motivados en un inicio, pero que eventualmente empiecen a distraerse más. Por eso, es importante que fomentes el aprendizaje activo para que se apropien de su proceso de aprendizaje. Esto implica, primero que nada, ayudarles a asumir que también son responsables de su formación. Como docente, puedes apoyar con este tema al compartirles el tipo de habilidades a las que está orientada la asignatura y pidiendo que respondan las siguientes preguntas a lo largo del curso:
- ¿Cómo puedo hacer que esto sea más interesante? ¿Qué falta o qué sobra?
- ¿Para qué imagino que pueden servir las habilidades que estoy desarrollando?
- ¿Cómo puedo saber si participar en las tareas se alinea con mis objetivos, con mi visión o mis valores?
Haz un intercambio de preguntas vinculantes
Otra forma de mantener un espíritu motivador es que el estudiantado pueda acceder a la dimensión corporal de lo que revisa en clase. Esta es una manera de que, sin juicios, cada quien pueda explorar (en silencio o en voz alta, dependiendo del contexto) lo que les hace sentir y pensar uno u otro tema. Se trata de reconocer cómo lo que se revisa en clase, sin importar si gusta o no, atraviesa a cada persona y la invita –siempre– al autoconocimiento.
Desarrolla proyectos a corto o largo plazo (sobre todo con incidencia social)
Si estamos hablando de proyectos ligados a la motivación, puede ser muy interesante explorar el desarrollo de proyectos con incidencia social, porque es una manera de que el estudiantado se reconozca como un actor de cambio en su entorno inmediato, y del mundo. Para eso, te recomendamos leer la nota que destinamos por completo a este tema.
Procura un seguimiento personalizado
El seguimiento personalizado ayuda a que el estudiantado se vuelva una parte activa de la generación de conocimiento en clase. Más allá de las sesiones de uno a uno, funciona que el estudiantado se sienta escuchado sin que lo solicite como tal, al retomar, por ejemplo, lo que dice en clase. Incorporar sus comentarios, inquietudes y dudas de manera orgánica a la clase es un incentivo para que el alumnado esté más presente.
Que la evaluación sea el punto de partida
Cuando mayor compromiso hay con la clase, mayor la motivación. Esta combinación, como muestran algunos estudios, resulta en un mejor desarrollo para el estudiantado. Por eso, se recomienda que la evaluación invite a la acción, a hacer algo con ella y que no sea el destino del proceso educativo. Este punto puede ser espacialmente importante si decides que tus estudiantes desarrollen un proyecto con incidencia social.
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Estos consejos son solo sugerencias, no necesariamente todos te serán de utilidad. Como docente sabes que cada estudiante puede tener intereses y necesidades muy distintas. En ese sentido, vale la pena considerar estrategias que cubran, de alguna manera u otra, las particularidades que detectas en tu clase.
Al fondo de toda esta reflexión y de los consejos hay algo esencial: revelar que la educación, el proceso formativo de cada quien, es parte angular de su camino de vida. Como docente toca acompañar y facilitar, en la medida de lo posible, ese descubrimiento y abrirle el paso al asombro —que es sin duda un gran aliado de la motivación—.
